Calderas humeantes rebalsadas
se destapan solas asqueadas
usadas fumadas bastardeadas
y vomitan sangre
otra vez.
La semana que pasó no
pude ir y venir en un
mismo asfalto o no
quise rayar con
impertinencias propias
o ajenas, robadas
en el ismo de tu ego.
Llámote pimpollo ennegrecido
ya con menos odio
o no.
Quizá el odio aprendió
a decir tu nombre,
tu dulcespanto nombre.
O arrebatándole manos
al azar
se me antoje lo amorfo
de tu persona
semi tolerable
menos nauseabundo
pero nunca
menos multitud.
Una vez vacía
la caldera humeante se
tapa sola,
al tocarla el vientre
moribundo e ingenuo,
que esconde la artimaña
en su voz marfilada.
No sé si el vientre
inculca el odio al pimpollo
o viceversa.
Pero los aborrezco a
ambos,
y podría abalanzarnos
a los tres
a la caldera humeante.
O no sé. O condenarlos al ventanal.
Pero sí sé que todo
lo que no odie hoy
en voz alta
serán vómitos
de sangre,
de rabia
de materia putrefacta,
mañana.
Dorian
jueves, 2 de junio de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
Setenta y cinco versos. Y la Luna.
Y te diría que sí
a lo que fuera
que me pidieses.
¿Cada cuántos
milenios perlados
vos y New York
vienen a mí?
Entonces no era
el café al cognac
la vainilla ni
el pomelo de
mi esencia;
sino tus níveos
dientes
tu pálida, nacarada
tez de polietileno
lo indefinido
de tus ojos.
Tu voz.
Estrofa aparte
tu voz.
Oda entera
tu voz,
que completa
lo perfecto de
tu esencia.
Causa del
silencio mío.
Frío.
Sudor.
Setencia y cinco versos
y la Luna
es poco
es nada.
Luces obnubilantes
atrapo tu incandescencia
y la guardo
en el abismo.
¿Cuántas nieblas contaste
antes de atreverte
tan insoportablemente bella
atrevidamente tímida a
levantarte y decir algo?
Indigo fue el instante
¿no notaste cómo
ardían mis ménades?
Desfiladero arbóreo
donde corremos
libres
en la inaudita locura
de tus vísceras
blancas.
Quién pudiera,
tormento suave
vestirte de sonrisa.
Quién quisisera
carmina
mea puella
cortarte una pestaña
con viento.
Instante atemporal
hoja tierna
caída.
Que Dorian no
te toque nunca
no vuelva carroña
el terciopelo
de tu voz.
Yo, Delia etérea
velo en los ocasos
para alejarlo
para esperarte
rociomatutino
corcheaperfumada.
Todo esto. Poco. Puro. Tuyo.
Y la Luna.
Delia
a lo que fuera
que me pidieses.
¿Cada cuántos
milenios perlados
vos y New York
vienen a mí?
Entonces no era
el café al cognac
la vainilla ni
el pomelo de
mi esencia;
sino tus níveos
dientes
tu pálida, nacarada
tez de polietileno
lo indefinido
de tus ojos.
Tu voz.
Estrofa aparte
tu voz.
Oda entera
tu voz,
que completa
lo perfecto de
tu esencia.
Causa del
silencio mío.
Frío.
Sudor.
Setencia y cinco versos
y la Luna
es poco
es nada.
Luces obnubilantes
atrapo tu incandescencia
y la guardo
en el abismo.
¿Cuántas nieblas contaste
antes de atreverte
tan insoportablemente bella
atrevidamente tímida a
levantarte y decir algo?
Indigo fue el instante
¿no notaste cómo
ardían mis ménades?
Desfiladero arbóreo
donde corremos
libres
en la inaudita locura
de tus vísceras
blancas.
Quién pudiera,
tormento suave
vestirte de sonrisa.
Quién quisisera
carmina
mea puella
cortarte una pestaña
con viento.
Instante atemporal
hoja tierna
caída.
Que Dorian no
te toque nunca
no vuelva carroña
el terciopelo
de tu voz.
Yo, Delia etérea
velo en los ocasos
para alejarlo
para esperarte
rociomatutino
corcheaperfumada.
Todo esto. Poco. Puro. Tuyo.
Y la Luna.
Delia
martes, 3 de mayo de 2011
So get the fuck out.
Apreciemos este oportuno momento, mi querida, que estamos solos, juntos los dos, para odiarnos a nuestras anchas.
Ahorrate la exclamación, la incredulidad, y el hacer de cuenta que los sentimientos que de vos supongo son erróneos e imposibles.
¡El odio es mutuo! ¿No te habías dado cuenta?
Ahora podés dejar de sentirte culpable, porque yo aborrezco tu existencia tanto como vos la mía.
¿No es admirable? Nos sentamos, nos besamos empalagosamente y nos abrazamos como hermanos,
y nos odiamos, sin embargo, de la forma más hipócrita posible.
Ay, mi pimpollo ennegrecido, no finjas ahora, y odiame de veras. Deseá verme muerto como yo deseo a cada instante estrellarte contra un vitral. Odiame con desenfreno, sin piedad y libremente.
Odiame con la pureza de un amor inocente.
Dorian
Ahorrate la exclamación, la incredulidad, y el hacer de cuenta que los sentimientos que de vos supongo son erróneos e imposibles.
¡El odio es mutuo! ¿No te habías dado cuenta?
Ahora podés dejar de sentirte culpable, porque yo aborrezco tu existencia tanto como vos la mía.
¿No es admirable? Nos sentamos, nos besamos empalagosamente y nos abrazamos como hermanos,
y nos odiamos, sin embargo, de la forma más hipócrita posible.
Ay, mi pimpollo ennegrecido, no finjas ahora, y odiame de veras. Deseá verme muerto como yo deseo a cada instante estrellarte contra un vitral. Odiame con desenfreno, sin piedad y libremente.
Odiame con la pureza de un amor inocente.
Dorian
jueves, 21 de abril de 2011
Lechuga.
La vida misma me aprieta como un zapato chico. Y vos a veces también, querida mía.
El suelo mismo me parece a veces una limitación. Y tus abrazos me encadenan.
En mis afueras cotidianos la agorafobia me toma prisionero. Y en tu cama la claustrofobia. Un encierro voluntario, puede ser? Qué miedo nos ata?
Es un tópico recurrente en mis pensamientos - hace poco noté - el odio ciego al Universo mismo. Desistí de llamarlo misantropía cuando advertí que se extendía más allá de la desagradable y estúpida raza mal llamada superior. El tedio y la sofocación que la vida me enferma hasta el espíritu. Me pudre las vísceras y me hace sentir como si las escupiera una a una. Y odio. Odio tanto a todo. No quiero decir que la expansión de mi aversión al mundo sea por vos. Bajo ningún concepto.
O quizás si. ¿No te parece? Me repugna tu dependencia. Me asquea tu amor. Y te odio tanto como al resto de la humanidad. Odiaría también a los futuros frutos de tu ser, y a toda obra, todo esbozo de algo surgido de vos. Bueno, ya está, lo dije. ¿Y qué? ¿Cambia algo? ¿Es que me siento mejor?
Siento que me caigo a pedazos en un chiquero hediondo, donde los cerdos son más limpios que yo. Siento que corro incansablemente y cada vez el horizonte se me aleja más. Y de golpe se ciñen sobre mi cuatro paredes con púas que luego toman forma de brazos estilizados.
Agorafobia. Claustrofobia. Agorafobia. Claustrofobia. Todo el tiempo, regenerándose, nutriéndose entre sí.
Espacios abiertos, gente, gente, gente. Ruido. Hablan. Bostezan. Escupen. Asco, asco, asco. Bailan y ríen y gritan y lloran. Se chocan, se miran con pedantería y se esconden a llorar en un rincón. Uno me roza con la punta del saco y no resisto las ganas de partirle el cráneo contra la pared, de lanzarlo afuera por la ventana del colectivo. A él y a todos los demás.
Espacio cerrado. Una cama, un sillón. La mesa. Vos. Me abrazás, te abrazo. La cocina, la silla con la pata rota. La olla con guiso. Lechuga. Te das vuelta a mirarme melosamente. Sonreís. Hermosa.
Te odio.
Los odio. Muéranse todos.
Dorian Hyde.
El suelo mismo me parece a veces una limitación. Y tus abrazos me encadenan.
En mis afueras cotidianos la agorafobia me toma prisionero. Y en tu cama la claustrofobia. Un encierro voluntario, puede ser? Qué miedo nos ata?
Es un tópico recurrente en mis pensamientos - hace poco noté - el odio ciego al Universo mismo. Desistí de llamarlo misantropía cuando advertí que se extendía más allá de la desagradable y estúpida raza mal llamada superior. El tedio y la sofocación que la vida me enferma hasta el espíritu. Me pudre las vísceras y me hace sentir como si las escupiera una a una. Y odio. Odio tanto a todo. No quiero decir que la expansión de mi aversión al mundo sea por vos. Bajo ningún concepto.
O quizás si. ¿No te parece? Me repugna tu dependencia. Me asquea tu amor. Y te odio tanto como al resto de la humanidad. Odiaría también a los futuros frutos de tu ser, y a toda obra, todo esbozo de algo surgido de vos. Bueno, ya está, lo dije. ¿Y qué? ¿Cambia algo? ¿Es que me siento mejor?
Siento que me caigo a pedazos en un chiquero hediondo, donde los cerdos son más limpios que yo. Siento que corro incansablemente y cada vez el horizonte se me aleja más. Y de golpe se ciñen sobre mi cuatro paredes con púas que luego toman forma de brazos estilizados.
Agorafobia. Claustrofobia. Agorafobia. Claustrofobia. Todo el tiempo, regenerándose, nutriéndose entre sí.
Espacios abiertos, gente, gente, gente. Ruido. Hablan. Bostezan. Escupen. Asco, asco, asco. Bailan y ríen y gritan y lloran. Se chocan, se miran con pedantería y se esconden a llorar en un rincón. Uno me roza con la punta del saco y no resisto las ganas de partirle el cráneo contra la pared, de lanzarlo afuera por la ventana del colectivo. A él y a todos los demás.
Espacio cerrado. Una cama, un sillón. La mesa. Vos. Me abrazás, te abrazo. La cocina, la silla con la pata rota. La olla con guiso. Lechuga. Te das vuelta a mirarme melosamente. Sonreís. Hermosa.
Te odio.
Los odio. Muéranse todos.
Dorian Hyde.
viernes, 8 de abril de 2011
Cadaver Exquisito #1
Cada tiempo tiene una belleza absoluta
como el ablativo (aunque no es tiempo)
haciendo objeto circunstancialmente con ellos.
Ellos nos roban los comienzos, somos una continuación,
sucesión infinita de hombre dioses, tan borgeana,
catarsis en rituales dionisíacos. Vísceras.
Condición humana de ser roto y exagerado, ola detenida,
almejas en los postes del muelle, marea baja, tumores
¿Por qué la sal del mar hoy sabe a niebla?
Es pasado hoy, somos niños viejos en un bote que va
irremediablemente al Leteo, a ser lo que fuimos:
barro, nubes, hebillas de bronce. Albinos.
Lluvias altas como torres donde teja para Ulises el errante
una maraña de vidas y ojos, castigo de inmortales,
una carrera en tacos altos, rollo de espinales.
Las prostitutas son más felices que las rosas
¡De ahí que los dioses son siempre dichosos!
Y eso mismo es el castigo de los muy hijos de puta,
el hombre; no la pena de muerte sino los muertos de pena.
Los que viven durmiendo, duermen la muerte ¿Nosotros?
Nosotros vivamus atque amemus
mientras podamos, antes de que se abra la vida y escape.
¿Mañana se acaba el mundo? Cebame un mate
con yuyos dañinos y alquitrán y otras delicias.
En el asfalto se pudre el pájaro que enfrentó al rayo,
en mi boca hediondas frases a medio decir,
aliento de muelas enfermas, corrupción de la garganta de la carroña.
Los niños piensan en la muerte, por eso juegan.
Autores:
http://puellaridet.blogspot.com/
http://juanfld.blogspot.com/
http://ritualesdionisiacos.blogspot.com/
como el ablativo (aunque no es tiempo)
haciendo objeto circunstancialmente con ellos.
Ellos nos roban los comienzos, somos una continuación,
sucesión infinita de hombre dioses, tan borgeana,
catarsis en rituales dionisíacos. Vísceras.
Condición humana de ser roto y exagerado, ola detenida,
almejas en los postes del muelle, marea baja, tumores
¿Por qué la sal del mar hoy sabe a niebla?
Es pasado hoy, somos niños viejos en un bote que va
irremediablemente al Leteo, a ser lo que fuimos:
barro, nubes, hebillas de bronce. Albinos.
Lluvias altas como torres donde teja para Ulises el errante
una maraña de vidas y ojos, castigo de inmortales,
una carrera en tacos altos, rollo de espinales.
Las prostitutas son más felices que las rosas
¡De ahí que los dioses son siempre dichosos!
Y eso mismo es el castigo de los muy hijos de puta,
el hombre; no la pena de muerte sino los muertos de pena.
Los que viven durmiendo, duermen la muerte ¿Nosotros?
Nosotros vivamus atque amemus
mientras podamos, antes de que se abra la vida y escape.
¿Mañana se acaba el mundo? Cebame un mate
con yuyos dañinos y alquitrán y otras delicias.
En el asfalto se pudre el pájaro que enfrentó al rayo,
en mi boca hediondas frases a medio decir,
aliento de muelas enfermas, corrupción de la garganta de la carroña.
Los niños piensan en la muerte, por eso juegan.
Autores:
http://puellaridet.blogspot.com/
http://juanfld.blogspot.com/
http://ritualesdionisiacos.blogspot.com/
jueves, 7 de abril de 2011
Mate Cocido
Y ya ni siquiera se
me vienen al olvido
lo obnubilante de
esas tardes
las suyas
las de ellos.
¿Y es que nunca les habrán
pasado?
¿Es que serían verdín
preveraniego?
¿Qué Tártaro depara
a los furtivos?
¿Qué Hermes los ampara
con sigilo en el saco de lino?
Porque aunque me esfuerce
un dejo oscuro de frases
sin sentido
quizás en clave
lo que me surge
al pensar en
esas tardes
las de ellos.
¿Cómo era que ellos
se llamaban?
¿Es que se reconocían
por las orejas,
o por el fuego que
centella al pasar?
Dorian
me vienen al olvido
lo obnubilante de
esas tardes
las suyas
las de ellos.
¿Y es que nunca les habrán
pasado?
¿Es que serían verdín
preveraniego?
¿Qué Tártaro depara
a los furtivos?
¿Qué Hermes los ampara
con sigilo en el saco de lino?
Porque aunque me esfuerce
un dejo oscuro de frases
sin sentido
quizás en clave
lo que me surge
al pensar en
esas tardes
las de ellos.
¿Cómo era que ellos
se llamaban?
¿Es que se reconocían
por las orejas,
o por el fuego que
centella al pasar?
Dorian
Con Medias de Lana
Me preguntan qué es Literatura, Catalina.
Interrogan qué es lo literario y la literaturidad.
No cabe duda, pienso yo, que Literatura es que la arrogancia de tu belleza se me haga insoportable. Que tu presencia en mi mismo ambiente me cercene el aire; que cada cosa que hagas sea para mis torpes ojos expresión de perfección y que nunca, jamás, vayas a saber que luego de pasar a tu lado y mirarte con indiferencia destripo mi cuaderno en versos para vos.
Delia.
Interrogan qué es lo literario y la literaturidad.
No cabe duda, pienso yo, que Literatura es que la arrogancia de tu belleza se me haga insoportable. Que tu presencia en mi mismo ambiente me cercene el aire; que cada cosa que hagas sea para mis torpes ojos expresión de perfección y que nunca, jamás, vayas a saber que luego de pasar a tu lado y mirarte con indiferencia destripo mi cuaderno en versos para vos.
Delia.
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